El Golfista que no podía mantener su vista en la pelota

 

“Generalmente se sostiene la creencia de que si tan solo se nos dice qué tenemos que hacer para corregir la forma errónea en que hacemos algo podemos hacerlo, y de que si sentimos que lo estamos haciendo bien, todo está bien. Toda mi experiencia, sin embargo, va a mostrar que esta creencia es una falsedad” F.M. Alexander, The Use of the Self p.12

Traducción: Manuel Olivares

 CAPÍTULO III DE “THE USE OF THE SELF” DE FREDERICK MATTHIAS ALEXANDER: EL GOLFISTA QUE NO PUEDE MANTENER SU VISTA EN LA PELOTA.

Permitámonos suponer que un jugador de golf que no consigue el éxito en su juego consulta a un profesional con el objetivo de mejorar su forma de jugar. Después de observarlo jugar, el profesional le dice que, entre otras cosas, el está “quitando su vista de la pelota” y enfatiza que, si desea mejorar su golpe, el debe “mantener su vista en la pelota”. El jugador comienza a jugar con toda intención de seguir las instrucciones de su profesor, pero encuentra que, a pesar de todos sus esfuerzos, el todavía quita su vista de la pelota. Hay varios puntos en esta situación que podrían ser discutidos, pero deseo en este capitulo limitar mi consideración al principio que subyace no solo en el diagnóstico y las instrucciones del profesor, sino también en los procedimientos del alumno, cuando decide llevar a cabo las instrucciones.

Ciertas preguntas se sugieren simultáneamente a si mismas.

¿Por qué el jugador de golf quita su vista de la pelota, en primer lugar, cuando de acuerdo a los expertos no debería hacerlo?

¿Por qué continúa quitando su vista de la pelota después de haber decidido dejar su vista en la misma?

¿Por qué su “voluntad de hacer” falla en el momento critico?

¿Cuál es el estimulo que constituye una aparentemente irresistible tentación a quitar la vista de la bola, a pesar de su deseo de seguir las instrucciones de su profesor y a pesar de su “voluntad de hacer”?

Para contestar estas preguntas deberemos considerarlas en la conexión de unas con otras, porque las respuestas se relacionan estrechamente, tal como lo hacen las preguntas.

Para abordar la primera pregunta: cuando el jugador de golf comienza a dar su golpe, da lugar al mismo uso habitual de sus mecanismos que trae al realizar cualquier otra actividad, y dado que falla en una parte tan importante de la técnica golf, como es “mantener la vista en la pelota” y los mecanismos que conciernen al control de sus ojos no funcionan como el desea, estamos justificados al concluir que su uso habitual es mal dirigido.

Este hecho es prácticamente admitido por el instructor cuando atribuye el error del alumno a su falta al mantener su vista en la pelota

A la pregunta de por qué el continúa quitando sus ojos de la pelota a pesar de su intención de seguir las instrucciones de su profesor y a pesar de su “voluntad de hacer”, la respuesta es que en todo lo que hace, él es un confirmado “endgainer”

Su hábito es trabajar directamente por sus fines en un plan de “ensayo-error”, sin dar consideración a los medios por los cuales aquellos fines deberían ser alcanzados.

En la instancia presente no puede haber duda de que el fin particular que el jugador tiene en vista es hacer un buen golpe, lo que significa que en el momento en que comienza a jugar, comienza a trabajar directamente por ese fin, sin considerar qué forma de usar sus mecanismos generalmente sería la mas indicada para lograr dar un buen golpe.

El resultado es que el jugador realiza el golpe de acuerdo a su uso habitual, y como ese uso habitual esta mal dirigido e incluye el mal uso de los ojos, saca la vista de la pelota y da un mal golpe. Está claro que en tanto continúe siendo dominado por su habito de alcanzar sus fines sin dar importancia a los medios por los cuales logra esos fines, el va  a reaccionar de la misma mal dirigida manera, y continuará sacando su vista de la pelota.

Este proceso es repetido cada vez que el jugador intenta dar un buen golpe, con el resultado de que sus fallas sobrepasan en gran manera a sus aciertos, lo que comienza a perturbarle emocionalmente, como sucede siempre cuando las personas se encuentran mas a menudo mal que bien, sin saber el por qué. Y mientras mas se encuentra inhabilitado de seguir las instrucciones de su profesor, con nada parecido a un grado de certeza de la cual el pueda obtener algún placer del juego, más se agrava la condición emocional. El efecto inmediato es que el golfista trata enérgicamente de dar un buen golpe, cae en el mismo uso habitual de usar sus mecanismos, y de nuevo saca su vista de la pelota.

Ahora uno podría suponer que la experiencia repetida de falla en si mismo podría haberlo llevado a trabajar sobre un principio diferente, pero mi experiencia en la enseñanza muestra que en este respecto la forma de proceder del jugador de golf no difiere de la de otras personas que hacen un mal uso de si mismos y que están intentando corregir un defecto. Extraño como pueda parecer, siempre he encontrado que un alumno que se usa erróneamente continuará haciéndolo en todas sus actividades, aun cuando el mal uso le ha sido señalado y el ha aprendido por experiencia que la insistencia en este uso defectuoso es la causa de su fallo. Esta anomalía aparente puede ser explicada, y explicándola tengo la esperanza no solo de revelar lo que esta al fondo de la dificultad del golfista, sino también la dificultad que tanta gente experimenta cuando, con la mejor voluntad del mundo, se encuentra imposibilitada de corregir algo que, saben, está mal en si mismos.

El uso habitual a que el jugador da a lugar en todas sus actividades, incluyendo el golf, ha sido siempre acompañado por ciertas experiencias sensitivas que por una vida de asociación con el uso habitual, se han vuelto familiares. Mas allá, por su familiaridad, han venido a “sentirse bien” y el obtiene una satisfacción considerable al repetirlas. Cuando, por lo tanto, el intenta “dar un buen golpe”, trae al arte de balancear su bastón su uso habitual, incluyendo el sacar la vista de la pelota, porque las experiencias sensitivas asociadas con este uso son familiares y se “sienten bien”.

Por otro lado, el uso de sus mecanismos que involucraría mantener su vista en la pelota mientras ejecuta un buen tiro sería un uso totalmente contrario a su uso habitual y asociado con experiencias sensitivas que, no siendo familiares, se

“sentirían mal”; podría ser dicho, por lo tanto, que él no siente ningún estímulo en esa dirección. Cualquier estimulo que recibe está en la dirección de repetir las experiencias sensitivas familiares que acompañan al mal uso, y así continúa el día sobre cualquier así llamado estímulo “mental” surgido de su

“voluntad de hacer”. En otras palabras, lo atractivo de lo familiar prueba ser demasiado fuerte para él y lo mantiene atado al uso habitual de si mismo que se “siente bien”.

Esto no es sorprendente, viendo que el deseo del jugador de emplear su uso habitual a toda costa para alcanzar su fin, a cuenta de experiencias familiares que van con ello, es un deseo instintivo que la raza humana ha heredado y continuado desarrollando a través de las eras. El deseo de sentirse bien alcanzando su objetivo es por lo tanto su deseo primario, en comparación con este, su deseo de dar un buen golpe es nuevo y falto de desarrollo, y ejerce una influencia menor. Esto esta probado por el hecho de que, aunque comienza con el deseo de dar un buen golpe, su deseo de repetir experiencias sensitivas que se “sienten bien” actúa como un estímulo a usarse a si mismo en la misma forma habitual que está asociada con esas experiencias, aunque es esta misma manera de usarse a si mismo lo que lo previene de satisfacer su nuevo deseo de dar un buen golpe.

El deseo de llevar a cabo las instrucciones de su profesor (mantener la vista en la pelota) es todavía un deseo nuevo, y consecuentemente sufre en intensidad cuando se compara con los otros dos. Además, proporciona menos oportunidad de ser realizado: en primer lugar, porque el estimulo que lo produce no proviene desde dentro, sino de afuera, desde el profesor; y en segundo lugar por que la instrucción es diseñada con la finalidad de corregir algo que está mal en el uso que el alumno hace de si mismo, como el uso de sus ojos, y por eso esta destinada a entrar en conflicto con el deseo que tiene el alumno de emplear su erróneo uso habitual, el cual, como he explicado, es la influencia que domina en cualquier cosa que el intenta hacer. El conflicto entre estos dos deseos es desigual, y el deseo de llevar a cabo las instrucciones de su profesor va al traste.

Es la influencia dominante de su deseo de obtener el fin que busca por medio de un uso de sus mecanismos que se “siente bien”, pero que es de hecho malo para el propósito, lo que explica no solo por que continúa quitando su vista de la pelota y por lo mismo fallando el tiro, sino también, a pesar de sus repetidas experiencias de fracaso, el hecho de que no abandona el camino del “Endgaining” y organiza su trabajo sobre un principio diferente.

Ahora que hemos visto el principio erróneo que subyace a los esfuerzos que el jugador de golf hace para seguir las instrucciones de su profesor, iremos a examinar el principio en el cual esas instrucciones están basadas.

La instrucción al alumno de “mantener su vista en la pelota” muestra que el profesor reconoce que los mecanismos que conciernen al control de los ojos en su alumno no funcionan como debieran, pero cuando para resolver su dificultad simplemente dice al alumno “mantén tu vista en la pelota”, también se hace evidente que él no relaciona el mal funcionamiento de los ojos con la falta de dirección de los mecanismos a través del organismo. Esto significa que en su diagnóstico el no está considerando el organismo de su pupilo como una unidad en la que el trabajo de cualquiera de sus partes es afectado por el funcionamiento del total. Hasta este punto, por consiguiente, puede decirse que su diagnóstico está incompleto y que el alcance de su utilidad como consejero de su pupilo está limitado.

Evidencia de falta de dirección en actividad humana puede encontrarse en todas partes, y nuestro interés real en la dificultad del golfista es que no es un problema limitado al golf, si no algo experimentado por todos los que están intentando, sin éxito, corregir defectos que los afectan en sus numerosas actividades, o en ejecutar un cierto acto satisfactoriamente. La falta de dirección se puede encontrar en la persona que toma un bolígrafo para escribir y procede de una vez a apretar los dedos excesivamente, a hacer con el brazo movimientos que deberían ser hechos por los dedos, e incluso a hacer contorsiones faciales; en los físico-culturistas cuya ejecución de ciertos movimientos de sus brazos o piernas, o ambas, está asociado con una dañina e innecesaria depresión de la laringe y con excesiva tensión  de la musculatura del tórax; en la persona que al leer cantar o hablar “aspira” (con fuerza) aire hacia la boca al comenzar cada frase, aunque en la forma ordinaria de caminar o estar de pié respirara por las fosas nasales; en el atleta amateur o profesional quien, cuando sea que hace un esfuerzo especial, emplea excesiva tensión en los músculos del cuello y fuerza excesivamente su cabeza hacia atrás. En todos estos casos, que pueden ser elaborados infinitamente, se encontrará que el uso de los mecanismos que concierne al movimiento requerido es a menudo desplazado de lo que serviría mejor al propósito.

Todo esto va  a mostrar que en toda forma de actividad el uso de los mecanismos que entra en operación será satisfactorio o insatisfactorio de acuerdo a si nuestra dirección de ese uso es  satisfactoria o de otra manera. Donde la dirección es satisfactoria, el uso satisfactorio de los mecanismos trabajando como una unidad será asegurado, involucrando un uso satisfactorio de de las diferentes partes como los brazos, muñecas, manos, piernas, pies y ojos. Sigue que donde hay falta de dirección, este uso satisfactorio de los mecanismos no esta a nuestro control. Ésta es exactamente la posición del golfista que no puede mantener su vista en la pelota cuando el lo desea.

 

Permitámonos ver ahora cómo la dificultad del golfista sería abordada por un profesor que se adhiriese a la idea de la unidad en el funcionamiento del organismo, y basase su enseñanza en lo que yo llamo el principio de “los medios por los cuales”, principio de una consideración razonada de las causas de las condiciones presentes, y un indirecto, en vez de un directo procedimiento por parte de la persona que intenta obtener un fin deseado.

Primero, el diagnosticaría la falla del golfista al producir un buen tiro como debido a una falla en el uso de sus mecanismos, y no primordialmente a ningún defecto específico, tal como una inhabilidad de mantener la vista en la pelota. El reconocería que la inhabilidad de mantener sus ojos en la pelota es simplemente un síntoma de falta de dirección, y no podría ser por ninguna extensión de la imaginación la causa del fallo al producir un buen tiro. El observaría que tan pronto como su alumno comenzó a realizar su tiro, dio lugar a las mismas condiciones defectuosas que emplea en todas sus actividades, y que al mismo tiempo produjo lo que quería prevenir: el quitar la vista de la pelota. El vería que la dificultad fue producida en gran parte por su propio “hacer erróneo”.

Un profesor que hace un diagnóstico en estas líneas entendería que la dificultad no puede ser superada simplemente diciendo al alumno que “no quite la vista de la pelota”, porque el reconocería que cualquier “poder de voluntad” ejercido por un alumno en el cual la dirección es errónea sería ejercido en la misma mala dirección , de forma que cuanto más se esforzara en ejecutar las instrucciones y mientras más quisiera tener éxito, más y más erraría en su dirección y más quitaría su vista de la pelota.

De esto el concluiría que él debe encontrar otra forma de enseñar a su alumno a detener la mala dirección de su uso, y como hubiese observado que la falla en la dirección comienza en el momento en que el alumno intenta alcanzar su finalidad y dar un buen golpe, obviamente el primer paso sería hacer que el alumno deje de “intentar dar un buen golpe”. El profesor explicaría que cualquier reacción inmediata al estímulo de dar un buen golpe sería siempre por medio de su mal uso habitual, pero que, si previene esa reacción inmediata, el alumno estaría al mismo tiempo previniendo la falta de dirección que va con ello, y que es el obstáculo para la consecución de su fin. El haría énfasis en que de todas las actividades que van con el dar un buen golpe, este acto es el primero, porque a través de la inhibición de ese mal uso habitual, la vía quedaría despejada para que el profesor construyera en el alumno la nueva dirección del uso de sus mecanismos, lo que constituye “los medios por los cuales” el podría ser capaz de mantener su vista en la pelota y así lograr un buen tiro.

Ahora, si vamos a comprender el principio de “los medios por los cuales” en los que el profesor que se adhiere a la idea de la unidad del organismo se basa, debemos reconocer que el logro de cualquier fin deseado, o la ejecución de cualquier acto como el de dar un buen golpe en el golf, involucra la dirección y ejecución de una serie de actos preliminares por medio de los mecanismos del organismo, y que por lo tanto, si el uso de los mecanismos es dirigido para resultar en el satisfactorio logro del fin deseado, las instrucciones para este uso deben ser proyectadas en una serie conexa que corresponda con la serie conexa de actos preliminares. Si en cualquier punto de la serie la cadena de direcciones se rompe y el uso es mal dirigido, todos los actos que se sucedan irán mal, y la finalidad no será alcanzada en la forma que se deseaba (por ejemplo, el jugador no podrá realizar un buen golpe). En la mayoría de la gente hoy la dirección del uso de sus mecanismos no es razonada, sino instintiva, y en casos donde la dirección instintiva lleva al mal uso, la serie conexa de actos preliminares a la consecución de cualquier fin tendrá lugar por medio de una serie de direcciones instintivas operando a través del mal uso de los mecanismos, de forma que el resultado será una serie de actos defectuosos.

Estos hechos pueden ser tomados en consideración por un profesor que esté usando el principio de “los medios por los cuales” para construir una nueva dirección de la forma en que el alumno se usa a si mismo. El reconocerá en su práctica que estos actos preliminares, si bien son medios, también son fines, pero no fines aislados, en tanto que ellos forman una base coordinada de actos a ser realizados todos juntos, uno después de otro. El remarcará en su alumno que para mantener la unidad que esta involucrada en estas series de actos, el necesitará continuar proyectando las instrucciones necesarias para el primer acto de la serie al mismo tiempo que continúa proyectando las instrucciones necesarias para la ejecución del segundo, y así a través de las series de actos hasta que toda la serie de actos preliminares haya sido ejecutada en una secuencia continua y la consecución del fin último sea así asegurada.

Podría ser preguntado qué, exactamente, es esta técnica al poner este principio de “los medios por los cuales” en práctica para construir una nueva y satisfactoria dirección del uso.

Sería imposible poner mas que una mera descripción de esta técnica, por que las experiencias sensoriales que vienen al alumno en el proceso de adquirir una nueva dirección de su uso no pueden ser transmitidas por palabra escrita o hablada, mas allá de lo que un golfista profesional pueda describir sus propias experiencias sensoriales al dar un golpe, de forma que esa descripción permita a un alumno ser capaz de reproducir esas experiencias. Pero referiré a mis lectores al capítulo uno de este libro, donde he descrito los experimentos que llevaron a mi descubrimiento del control primario del uso del si mismo, que gobierna el funcionamiento de todos los mecanismos y que hace al control del complejo organismo humano comparativamente simple.

 

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